Gina se va a la playa con Maria.




María tiene ese tipo El móvil vibraba sin cesar en la mesita, pero yo no podía hacerle caso. La noche anterior fue intensa. Salí a tomar unas copas con María, y la noche se nos fue de las manos. Llegaba a mi casa a las 4h de la mañana llegaba a mi casa, cansada de darlo todo en la pista de baile, enfundada en unos tacones de infarto, –que un poco más y me da–.

de carácter, que engancha, es vital, con ganas de vivirlo todo al limite –quizás por ser tan parecida a mi, conectamos tan bien–. Es directa a la hora de decirte las cosas, no se está con rodeos, sabe muy bien lo que quiere y como lo quiere. Ayer noche, quiso a un mulato espectacular que no nos quitó la mirada de encima a las dos, pero María, anoche estaba más atrevida que yo, y fue a por él. En ese momento aproveché para dar por finalizada la velada, no sin antes darle un beso de esos que seguro no iba olvidar en toda la noche, de esos en que nuestras lenguas se devoran hasta dejarnos sin aliento a ambas, mientras, el mulato nos miraba asombrado, quizás pensando que se llevaba dos pájaras de un tiro, pero el tiro le salió por la culata, al verme coger mis cosas e irme mientras le guiñaba un ojo con picardía a María.

–Cariño, acaba de pasarlo bien, mañana me cuentas. –le dije

mientras la dejaba a solas con el chico, para que terminaran la noche como es debido, con fuegos artificiales.

Cogí un taxi y a las 4h de la mañana me acostaba agotada.

 

Al coger el móvil, ya supe que sería ella.

–Buenos días, Gina, cariño, espero no haberte despertado.

–Tranquila, no pasa nada. Así se que todo fue bien, bandida.

Anda cuéntame que tal con… –no pude acabar la frase, ya que escucho una voz masculina al otro lado del móvil–.

–Alberto, me llamo, y tu amiga me ha hablado muy bien de ti.

–Encantada Alberto –contesté entre risas por la situación tan rara que estoy viviendo, yo hablando con el ligue de María, o mejor dicho con ambos, menuda locura–

–Gina, nena, Alberto quiere llevarnos a la playa con un amigo suyo del gimnasio, te apuntas?

–En serio, ¿María?, Tengo un resacón por tu culpa alucinante. –le solté poniendo los ojos en blanco, como quien no quiere la cosa–.

–Va cielo, lo pasaremos bien, Alberto es muy divertido.

–Ahora le llamas divertidos a tus ligues? –le digo mientras no puedo evitar reírme por tal adjetivo.

Me quedé callada unos segundos, pensando que hacer, y la verdad es que me provocaba curiosidad conocer a ambos chicos. Confío en los gustos de María, no se va con cualquier muermazo de chico, aunque sea espectacular, valora mucho que le hagan pasar un buen rato de risas y charla.

–Está bien, déjame que me de una ducha anti-resaca. Pero me recoges tu.

–Que haría sin ti, mi niña, te como. En media hora estamos ahí.

–Estaré lista para entonces. –y colgué para meterme en la ducha, a ver si se me quitaba ese dolor de cabeza–

Me puse el bikini brasileño, color coral, el que mejor culo me hacía, sin nada arriba, más que una camiseta de lino blanca y una minifalda tejana, de un corto provocador.

A la media hora, vibró el móvil. Era un mensaje de María diciéndome que me esta esperando en la calle.

Al bajar, me encontré apoyado en la puerta trasera, a un rubio espectacular, de melena rubia hasta los hombros y ojos verdes, que no me quita el ojo mientras me dirigía decidida y ensimismada hacia él. Asomada en la ventanilla, sonriendo de medio lado vi a María, que me saluda efusivamente con la mano.

–Buenos días, Gina, anda sube, y sécate las babas –me soltó mientras se ríe a carcajada viva la bandida esa–.

El rubio me abrió la puerta trasera mientras me regala una de sus más sexys sonrisas, para luego sentarse a mi lado al cerrar la puerta tras de sí.

–Hola Gina, me presento, soy Víctor, un buen amigo de Alberto.

–Encantada Víctor. –le dije mientras le besaba en las dos mejillas cordialmente, mientras noto una de sus manos rodeando mi cintura mientras nos besamos.

El viaje destino a la playa, se me presentaba entretenido, ya que Víctor y yo nos pusimos a hablar, a conocernos mejor el uno al otro. Me contó que se dedica al marketing en una empresa de alimentación, hace ya cinco años que conoce a Alberto y cada día van juntos al gimnasio.

–Yo también conozco a María del gimnasio, pero solo hace un mes que nos conocemos.

–Un mes, pero que muy intenso cariño. –soltó María guiñándome el ojo con picardía, no había dejado de poner la oreja a nuestra conversación desde que entré en el coche–

–¿Pero es que hay algo que no sea intenso contigo? –dijo Alberto, acariciando la parte interna de la pierna de María, hasta llegar a su sexo. Ella lo miró un instante y no dudó en invitarle a su interior abriéndose más para facilitarle el camino hacia su fruto prohibido, una vez más. –  Así pude observar las habilidades de Alberto con tan solo una mano, Víctor también estaba presenciando tal espectáculo. A ambos la situación nos empezó a excitar y mucho.

Yo miraba a Víctor como saboreaba la imagen de su amigo, disfrutando de la intensidad de mi amiga. Se mordia el labio por la excitación de la situación y, a la vez, me miraba provocador repasando mis piernas desnudas. Podía sentir como su mirada se detuvo en mi escote, y se relamió, parece que esa parte de mi cuerpo había provocado en él un bulto provocador en su bañador, que no pude evitar de mirar.

El se dio cuenta de que lo miraba y al notar en mi mirada que me gustaba haberle provocado esa excitación, no dudó en acercarse más a mi sin quitarme el ojo de encima. Pude sentir sus ganas de tocarme, pero me adelanté. Agarré su mano, levanté uno de sus dedos y con mi mirada fija en sus ojos verdes, lamí la punta despacio y recorrí la silueta húmeda de mis labios, hasta que me lo introduje entero en mi boca jugando con mi lengua a lamerlo entero de arriba a bajo, viendo como crecía aun mas ese bulto. Tenerle así por mi culpa, me excitó. Pero él lo supo enseguida, mi cuerpo le habló, dejándole entre ver en mi camiseta, la marcada mis pezones erectos reaccionando al deseo que se había ido acumulando entre nosotros a marcha forzadas.

Pero de repente un frenazo nos separamos de golpe.

–¡Chicos, al fin llegamos a la playa! Y esas manos, quietecitas que os estoy viendo –dijo María girándose, dándose cuenta de toda la tensa situación que teníamos montada Víctor y yo por su culpa–.

–Por vuestra culpa estamos así. 

–Empezó Alberto, yo no tengo la culpa de nada.

–Eres una provocadora nata, María. –le solté con picardía. Ella sabe de sobras que me encanta que sea así. –

 

Visualizamos una zona de rocas, en un rincón apartado al final de la playa, ahí decidimos plantar el campamento a la perversión.

–Vaya! me dejé la crema en casa con las prisas. – solté con toda mi rabia, no quería acabar gamba–.

–Gina, cariño, no te preocupes, te pongo de la mía– me dijo María mirándome con provocación, y cuando ella te mira así, es que algo tiene entre manos, aparte de la crema del 30 –, ven, que te pongo crema. –me ordenó–.

Y yo la obedecí. Me acerqué a su toalla, me puse de rodillas frente a ella, mientras que sus manos empezaron a desnudar mi cuerpo, quitándome la camiseta de lino, dejando al descubierto mis tersos pechos. No se entretuvo mucho y siguió con mi minifalda, desabrochándola botón a botón, hasta tirar de ella y dejarme en bikini, con mis pechos y trasero expuestos y entregados otra vez, a esa mujer que me erizaba la piel con tan solo una caricia, con tan solo una mirada.

La crema estaba fría, y no pude evitar soltar una risita al reaccionar al frio, pero se me pasó rápido al sentir la mano caliente de María deslizarse suavemente por mis hombros, bajando por mis brazos, mientras me miraba con provocación y deseo.

Otras gotas frías de crema que dejó caer por mis pechos, provocando en ellos una ligera dureza, María no tardó nada en darse cuenta y le hincó suavemente el diente a uno de mis pezones, mientras me masajeaba con su mano la crema en mi otro pecho.

Los chicos, no daban crédito a lo que estaban presenciando, se limitaron a sentarse frente nosotras y disfrutar ardientemente del maravilloso espectáculo que les estábamos regalando, sabiendo bien, que les estábamos provocando a consciencia.

No podían, ni querían, disimular ese par de erecciones, que llevaban nuestro nombre en cada centímetro de más. Y es que saberles así a ambos, por nuestra culpa, me provocaba una excitación aún mayor, los quise aún más cerca para poder tocar sus deliciosos cuerpos, entre caricia y caricia de María, así que les invité con un gesto de mi mano para que vinieran a sentarse frente nosotras y no me pude contener de acariciar el torso perfecto de ambos hasta llegar a acariciar los miembros erectos, por encima del bañador que abultaban con gran esplendor. Quise descubrirlos de su escondrijo, y a dos manos, empecé a acariciar con hambre de deseo en la mirada, ese par de mástiles que estaban igual de hambrientos que nosotras. María observaba cada movimiento de mis manos sin dejar de acariciarme, sabia que tener a esos dos bombones tan cerca y empalmados, le excitaba tanto o más, que a mi, lo podía notar por la intensidad de las caricias de sus manos sus manos en mi cuerpo.

 Se recreaba en cada centímetro de mi, con tal pasión y delicadeza, que tenia toda mi piel erizada de deseo excitada y deseando el siguiente movimiento de sus manos y su boca.

Cuando ya se empachó de mis pechos, bajó lamiéndome lentamente, mientras me miraba hambrienta, hasta detenerse en mi ombligo, que besó y lamió antes de ponerme más gotas de crema fría en mi barriga y untar con mucho mimo toda mi piel provocándome escalofríos que yo trasmitía con la presión de mis manos a los miembros palpitantes de los chicos, arrancándoles suspiros de placer.

Mis piernas fueron su siguiente objetivo, que no dudó en recorrerlas con su húmeda y ardiente lengua, hasta llegar a la punta de mis pies. Una vez ahí, invitó a Alberto a dejar caer un camino de crema por ambas piernas, para ayudar a dos manos a esparcir el producto con toda esa pasión que esos dos seres albergaban dentro de sí, caricia a caricia, cada contacto con sus cuerpos era una explosión de sensaciones directas a mi entrepierna, que por suerte, estaba protegida por el bikini. De no haber existido esa minúscula barrera, , ya hubiera sido devorado sin compasión, por esa insaciable mujer y por ese invitado perverso, orgullosamente enhiesto y henchido de deseo.

Pude ver a Víctor, que había adelantado posiciones al ver que María se mostraba tan cordial invitándoles a tal manjar, que le invitó a él también.

–¿Víctor, quieres acabar de ponerle crema a Gina? 

– No tengo ningún inconveniente en cuidar de su apetecible piel.

No me dio tiempo a contestar. María estaba dándome la vuelta para que ese pedazo de rubio continuase incrementando mi deseo y mis ganas. Tuve que soltar la custodia de la erección de Alberto, para recibir a Víctor con mucho deseo y ganas de sentirle por toda mi piel.

Al notar sus manos en mi espalda, con esa intensidad, con esa fuerza varonil, algo recorrió todo mi ser hasta estallar en mi entrepierna. Era su forma de recorrerme, fuerte y a la vez con mimo.

Cuando sus manos estrujaron mi trasero, no puede aguantar un gemido de placer. Noté, como sus manos me agarraban fuerte, como se inclinaba hacia mi para apartar de un soplido, mi cabello para susurrarme al oído.

–No he visto en la vida, cuerpo más erótico, que el tuyo, y tenerlo tan cerca de mi, me hace sentir el chico más privilegiado de esta playa.

Sus palabras tan cerca de mi, su aliento provocándome un cosquilleo por todo mi ser, su miembro duro en mi mano… me hicieron estremecer de placer, soltando otro gemido, me giré de golpe, sin poderme aguantar más la tensión de deseo hacia ese chico, y lo agarré fuerte de la cabeza para derretirme de placer en sus labios, entrelazar nuestras lenguas, mientras él me levantaba de la toalla, me cogía en brazos para llevarme directa al agua, intentando sofocar el fuego que se había iniciado entre ambos cuerpos.

Mientras me alejaba de la toalla en brazos de ese hombretón, vi a María y Alberto tumbados en la toalla, muy entretenidos y entrelazados, de tal forma que no se llegaba a distinguir donde empezaba el cuerpo de uno y donde empezaba el del otro. Los supuse disfrutándose el uno al otro, y no pude evitar sonreír de medio lado por ver lo bien que estábamos disfrutando todos. Un día de playa lleno de fuegos artificiales, sin estar en verbena. María y yo ya, juntas, somos la verbena más explosiva del verano.

 

Al llegar al agua lo provoqué, quitándome el bikini, como invitándole a adentrarse a mi más perverso mundo, lleno de placer desenfrenado e insaciable, y él no tardó en caer en mi tentadora invitación.

Se acercó rodeándome con sus manos la cintura, mientras su boca devoraba con pasión uno de mis pechos completamente entregados a su hambrienta boca. Podía sentir lo mucho que le excitaban ya que no les quitó ojo de encima desde que entré en ese coche y ahora le costaba apartar su boca y su lengua de ellos. Primero se deleitaba con uno, dejándolo duro y empapado. Cuando el otro se relajaba, iba a por él sin compasión mordiéndolo, estrujando y lamiendo con una pasión desenfrenada. Me excita un que un chico le dedique tal pasión a mi parte del cuerpo más sensible y receptiva, y él lo intuyó, por la forma en la que me había vestido, dejando traslucir mis pezones en esa camiseta, para acaparar las miradas, y provocar deseo. Eso conseguí y ahora estoy deleitándome con ello, dejándome devorar por la fiera que he despertado en él. 

Sigue recreándose y alimentándose de mi, y observo como su mano, poco a poco se desliza hacia mi sexo buscando mi punto más sensible sin tardar demasiado, está hinchado y dispuesto a sus caricias. Noto que sabe muy bien con que intensidad tocar esa zona tan delicada con la presión perfecta para llevarme al éxtasis en cuestión de segundos. 

El primer orgasmo, vino de su ágil mano, pero mi cuerpo me pedía más de esa fiera pasional que sabia muy bien como hacer disfrutar a una mujer. Lo que él no sabia, es que yo también sabía hacer disfrutar a un hombre, y como me dejó con ganas de más, iba a ir a devorarle sin piedad.

Salí del agua, mientras me aseguraba que el rubio, me seguía tras la roca en la que me detuve, y no tardamos ni un segundo en volver a entrelazar nuestros cuerpos, brazos, bocas y lenguas hambrientas de sexo salvaje.

Me aparté unos centímetros de él, apoyándome frente con frente, mirándole a los ojos ardientes de pasión, sentí que su mano acariciaba mi cabello con delicadeza, hice yo lo mismo con sus mejillas, dando una pequeña tregua a tanta lujuria apasionada y darle paso a la ternura que me vino de repente, sin saber porqué, pero verle tan receptivo ante ella, calmó mis ansias. Calmó a la fiera que nos había poseído, al menos por unos segundos, porqué no tardó en volverse a enfurecer de deseo y agarrarme del pelo, besarme y llenarme mi boca con su lengua, llenándose de mi. No tuvo más que dejar de besarme, mirarme y soltarme el pelo. Yo me arrodillé. Con su mano agarrando mi cabello, me hizo arrodillar, y su perfecta erección se mostro ante mi como un altar al que adorar, con mis labios, lengua y manos.

Ni lo dudé, la cogí entre mis manos, le miré a los ojos con lascivia y me la introduje a la boca. Primero le dediqué unos suaves chupetones en la punta, que le hizo arquearse de placer. Seguí con un lametón en el mismo punto, segundo arqueo, y después me la fui introduciendo, profundizando cada vez más en cada embestida suya en mi hambrienta boca. Aceleré el ritmo en cuanto me agarró más fuerte del cabello, ahora me la introducía a su ritmo, intenso e incesante, haciéndome babear y resbalar mi propia saliva por mis pechos. Una arcada me hizo babear de más, sentí que se excitaba más al provocar eso en mi. Segunda arcada, y el ritmo a su antojo se aceleraba por segundos. Intuí una eyaculación inminente, que no tardó en llenar mi boca hasta derramarse por todo mi pecho.

Me liberó el cabello, y mientras le miraba con provocación desde mi perspectiva arrodillada, cogí con mis dedos todo el fluido que pude, y lo saboreé en mi boca, una y otra vez, sin dejar ni rastro de su corrida en mi pecho, mientras le daba pequeños besos y lametones en su miembro, que de tan sensible temblaba con cada uno de ellos.

Me cogió de la mano para ayudarme a levantar y nos abrazamos, mientras la ternura nos volvió a invadir. Apoyada mi cabeza en su pecho, aún podía escuchar los latidos acelerados, provocados por tal tempestad de emociones. Y es que después de la tormenta, viene la calma, y en su pecho la encontré, así abrazados nos quedamos hasta que aparecieron María y Alberto que se sorprendieron al vernos desnudos y abrazados. Como quien no quiere la cosa, María se acercó a nosotros para propinarle un beso con lengua a Víctor, no sin antes mirarme a los ojos con provocación como pidiéndome permiso para lo que iba a venir. Él recibió gratamente ese beso, agarrándola fuertemente de la cabeza para introducirse más en su boca. Mientras, Alberto, fue el siguiente en contraatacar, poniéndome en su punto de mira, fue a por mi con todas las ganas, devorando mi boca, llenándome con su lengua y yo entrelazándola con la suya, dejándome llevar por toda esa pasión que empezaba a invadirme por todo mi ser.

Tras de mi tenia a María, trasero con trasero, espalda con espalda. Cuando la fiera rubia que la estaba devorando la dejó un instante, aproveché para girarme, apartarle un poco el pelo para lamerla de hombro para arriba y detenerme en su cuello para succionarlo con ganas dejándole una marca colorada que no se le iba a ir en días. Giré a María, deseaba ver la cara de esa mujer, perderme en su mirada lasciva que tan atrapada me tenia, y sabiendo que no era la única, Víctor y Alberto la deseaban igual que yo. Me excitaba muchísimo, compartir mi deseosa amiga, con ellos. Dejé que Víctor siguiera con las caricias a María mientras nos mirábamos yo la besaba con toda la pasión que el momento requería, y tras de mi, el mulato me iba besando y lamiendo el cuello mientras tenia mis dos pechos en sus manos, que no dejaba de estrujar pellizcando mis pezones, volviéndome aún más loca de excitación. 

Sentí como una mano se adentraba en lo mas húmedo de mi sexo, sabiendo muy bien como tocarme, a buen ritmo para llevarme en pocos minutos al éxtasis, dejándole la mano llena de mis fluidos.

Fue María la que me regaló ese orgasmo y la que cogió su mano llena de mi y me hizo lamer lo que ella había provocado en mi, dedo por dedo.

Creo que no me podía excitar más todo lo que estaba ocurriendo.

Los chicos al sentir mi orgasmo no tardaron a ir a por María. Deseaban igual que yo, llevarla al quinto cielo como hizo ella conmigo. Así que les inmovilicé a María, agarrándola de las muñecas frente a mi, dejándola toda ofrecida ante ellos, con las piernas y el deseo abiertos de par en par.

El primero en dar el paso fue Víctor, situándose frente a ella, la beso con toda la pasión de su lengua, cuando terminó de besarla e invitó a su amigo a hacerlo también, mientras él había agarrado con sus dos manos los pechos erectos de María. La sincronización y compañerismo de esos dos amigos me estaban proporcionando una escena de lo más excitante. Entre los dos, tenían a María de lo más excitada, totalmente entregada, sentía como su cuerpo se arqueaba con cada caricia de ellos, y a mi, verla así, también me excitaba, sentía mi sexo húmedo y palpitante. 

Alberto hizo arrodillar a María, cosa que me hizo seguir su postura, por tenerla agarrada de las muñecas, y con decisión la agarró del pelo para introducirle poco a poco su varonil miembro, hasta el final de su garganta provocándole hilos de saliva que resbalaban por su pecho y así lo hizo varias veces, mientras Víctor se deleitaba con el sexo húmedo y palpitante de María, que no dejaba de embestir con cuatro dedos de su mano a un ritmo con el cual no tardaría en llevarla al orgasmo.  Alberto, después de varias penetraciones de la boca hambrienta de María, llegó al orgasmo junto con María, y ambos lo inundaron todo con sus fluidos. Víctor acabó con su mano empapada y María con la boca llena de toda la pasión que depositó Alberto, en ella. Yo detrás, como instigadora de esa escena, utilicé a esos dos hombretones, para proporcionarle a mi amiga uno de los mayores orgasmos que iba a tener en años.

Alberto atendió a María, que estaba exhausta en el suelo. Le acercó la toalla.  sus cosas.  Entre besos y caricias se fueron vistiendo, al igual que hicimos Víctor y yo entre miradas de complicidad y sonrisas, por ir recordando todo lo vivido, pero sobretodo, todas las nuevas sensaciones que íbamos conociendo.

Empezaba a atardecer, eso quería decir que empezaba a hacerse tarde.

– Deberíamos de volver. Alberto esta noche trabaja en la discoteca.

–Vaya, creo que perdí entre el oleaje mi bikini. –dije–.

–Ahora le llamas oleaje a tus ligues? –me la devolvió María, mirándome con picardía –.

 

De camino a casa, Víctor no me soltó ni un segundo la mano. Iba acariciando de tanto en tanto cada uno de mis dedos, mientras nos mirábamos de reojo, regalándonos tímidas sonrisas que hacían sonrojar mis mejillas. Hacia tanto tiempo que ningún chico se mostraba tan tierno y dulce después de tanto desenfreno, que me parecía como caído del cielo. Un ángel y a la vez demonio si lo provocabas.

Alberto detuvo el coche justo en frente de mi casa, y me despedí de Víctor besándole en los labios. Un beso de esos que detienen el tiempo, y nos atrapa en el deseo de repetir de todas las emociones que me había hecho sentir en tan solo unas horas, este chico tan adictivamente intenso.

Nos soltamos, nos volvimos a mirar a los ojos, y una pregunta nacida de sus labios, me dejó sin saber que decir.

–Nos volveremos a ver?

Le sonreí, le solté la mano, y bajé del coche sin responder ni mirar atrás.

Víctor me llegó a rozar el alma y es algo, que aún no estoy preparada para entregarle a nadie.

 

 

 

 

 

 

Comentaris

  1. Excitante aventura!!! Muy bien escrita y contada. Muy real.

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  2. Un relato muy sexi, muy bien desarrollado y ambientado

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