PARTE FINAL DE GINA Y SU PRIMERA VEZ EN UN CLUB LIBERAL.
Así que cogí a María de una mano y abrí la puerta de la discoteca con la otra de par en par, haciendo que las puertas dieran un golpe anunciando nuestra presencia y entramos como dos diosas en el Olimpo de los mortales, obligándoles a hacernos un pasillo triunfal hasta llegar a la altura de Amanda, que nos esperaba sonriendo mientras nos tendía una mano para que subiéramos allí arriba con ella.
Nuestras caderas se movían al ritmo sensual de la música. Empezamos una coreografía de provocación para todos esos mortales que se deleitaban mirando cada movimiento, cada mirada que iba directa a sus fantasías más lascivas.
Y ahí estaban nuestros chicos, entre toda esa gente hambrienta de deseo. Clavé mi mirada hacia ellos, quise hechizarlos para atraerlos hacia nosotras, que disfrutaran del espectáculo que estábamos ofreciendo, que lo sintieran suyo y para ellos. Esa noche éramos sus Diosas y de nadie más. Pero he de decir, que sentir todas esas miradas deseándonos, me hacía estremecer de placer y excitación.
Amanda y María parecían estar pasándolo bien, se rozaban a la vez que se besaban y la sala se llenaba de gritos de excitación. Y es que no hay nada más sensual y excitante, que ver a dos mujeres disfrutando de su libertad por sentir otro cuerpo de su mismo sexo con total tranquilidad de no ser juzgadas.
La pista de baile poco a poco empezaba a vaciarse. Parejas que se iban, ya intercambiadas con otra pareja, para terminar de apagar sus hogueras encendidas, entre bailes, roces y besos con lengua, en la zona de camas, con menos ropa.
Entonces fue el momento perfecto para dejar atrás la pista y subir el nivel del encuentro, dejar fluir nuestros deseos en un lugar más íntimo para los cinco.
— Chicos, ¿que tal si subimos arriba, nos ponemos cómodos y buscamos un lugar más íntimo para estar todos juntos – les dije con mirada llena de pecados –
— Me parece una proposición muy tentadora, Gina. –dijo Víctor devolviéndome la mirada provocadora.
Subimos arriba a las taquillas, nos tuvimos que separar porque la taquilla de María y mía estaban en la otra sala donde estaban ellos.
Casi me da un infarto al ver a Víctor con solo una toalla alrededor de sus caderas, dejando al descubierto su bien cuidado torso, firme y bien torneado, asomarse mientras María y yo nos desnudábamos, dejando entre ver nuestras curvas, que tan bien degustaba Víctor con su mirada mientras se acercaba poco a poco a nosotras.
— Es una grandísima pena que no me hayáis pedido ayuda para desvestiros.
— Es que prefiero pedirte ayuda para otras cosas, bombón.
– le dije mientras acariciaba su torso con la yema de mis dedos –.
– Me parece que es usted una chica muy juguetona, señorita Gina.
–¿Jugamos? – le solté mientras jugaba con su toalla hasta hacerla caer al suelo, dejando ver su miembro ya erecto, que había reaccionado a toda esa provocación mutua, no podía estar más excitada y con ganas de jugar con él –. Entonces le besé en los labios, le agarré del miembro enhiesto y tiré de él como mi perro faldero que es.
Fuera, sentados en un sofá de terciopelo rojo, estaban Álex y Amanda, se habían puesto un pareo que les dejaba entrever sus intimidades, haciéndolos aún más apetecibles.
– Ya estamos listos y cómodos para seguir disfrutando de la noche, chicos. – les dije, mientras le tendía la otra mano a Álex y Amanda atrayéndolos hacia mi –.
Paseamos por los distintos rincones del club, observando, deleitándonos con cada escena sexual que nos íbamos encontrando al descubrir esos escondites, repletos de cuerpos compuestos, por manos, lenguas y hasta fluidos.
Lo que horas antes era una pasarela de lencería y sensualidad, ahora era un baile de cuerpos desnudos danzando al ritmo del placer desenfrenado, sin límite, sin perjuicios, entregándose sin más.
Y entre tanto espectáculo, al fin encontramos un rincón, oscuro, muy oscuro, con tan solo la luz que le entraba del exterior del pasillo, y aún así se podía entre ver la tapicería en terciopelo rojo de un sofá, al fondo otro sofá tántrico a juego y una cruz de San Andrés en una de las paredes.
Entré yo primero, decidida y con ganas de descubrir esa habitación de un rojo oscuro muy tentador, mientras llevaba agarrado el miembro de mi colega y de la otra a mis compañeros.
Tras de mí, Víctor, que no me quitaba ojo de encima, pero le vi entrar de la mano de Amanda, y por unos instantes, me entraron muchas ganas de ponerme a jugar con ella.
Nos sentamos como pudimos en el sofá, pero estábamos tan apretados que me fui directa al sofá tántrico, me entró tal necesidad de experimentar con él que me tumbé, era cómodo, incitaba mucho a la imaginación de probar infinidad de posiciones en él con tal de disfrutar con más intensidad del sexo.
Amanda fue la primera en acercarse a mí.
– ¿Estás cómoda Gina? Yo se algunas posturas en las que seguro estás mejor. – me dijo mientras me arrebataba la toalla y la ponía encima del sofá como queriéndolo proteger de lo que iba a venir después –. Túmbate, relájate, y deja que mi cuerpo te lleve al séptimo cielo.
Los chicos, ante tal ofrecimiento de Amanda, se acomodaron, a la vez que se les humedecía los labios con nada más pensar en esas posturas que Amanda tenía pensadas para disfrutar conmigo.
Recostada en ese sillón, recibí a Amanda, como tal felina, deslizándose desde mis pies seguido de mis esculpidas piernas mientras me miraba con ansia cada curva de mi cuerpo.
Amanda seguía subiendo, esta vez lamiendo con devoción la parte interna de mis muslos, notando como mi piel, sensible, empezaba a erizarse, reaccionando a las habilidades de la lengua de mi compañera. Tuve la tentación de querer disfrutar de su mirada lasciva recogiendo su pelo en mis manos y así poder tener un poco de control de sus movimientos.
Sus manos tomaron el control de mis piernas abriéndomelas, ofreciéndome a esa felina, todo mi sexo rojo y brillante de excitación por la humedad que había generado esa situación de verme entregada a la merced de Amanda.
Su lengua hambrienta empezó a jugar con mi clítoris dando pequeños círculos, haciéndolo crecer de placer y relucir de saliva con cada lametón de Amanda.
Me retorcía de placer con cada gesto, era hábil con la lengua, sabía muy bien lo que se hacía, conocía al milímetro la anatomía del placer de una mujer, y conmigo se estaba recreando con devoción.
Amanda incorporó a su juego, las manos, con ellas se ayudó a abrir, a descubrir con ansia mi sexo, labio por labio, a la vez que lo lamía con pasión y llenaba y lubricaba con más saliva.
Siguiendo el ritmo de la lengua, le siguieron un par dedos que no dudó en hundirlos en lo más profundo de mi ser, primero un par de embestidas suaves, para seguir e incrementar el ritmo a medida que notaba como me retorcía de placer.
Le agarré de la cabeza, como queriendo retener a mi compañera entre mis piernas, estaba haciendo un grandísimo trabajo y deseaba derramarme de placer en su boca.
Amanda, al sentir mi gesto, no dudó en lamer más rápido e intenso, en añadir par de dedos más, llenándome aún más de placer.
Estaba casi en la cumbre del placer, cada gemido me acercaba cada vez más al orgasmo inminente y Amanda al sentir que estaba a punto de estallar, siguió ese ritmo constante hasta hacerme correr en su boca, llenándola de todo el placer húmedo de mi orgasmo.
Una vez Amanda dejó mi cuerpo exhausto, para besarme con la humedad de mis fluidos. Nos fundimos en un largo y pasional beso, entrelazando nuestras lenguas, saboreándonos de mi placer salado, y ahí nos quedamos entre besos y caricias bajo las miradas excitadas de Víctor, Álex y María.
Cuando pude recostarme un poco, vi a María justo sentada entre Álex y Víctor con ambas manos bien ocupadas.
—Estos chicos los habéis dejado pidiendo guerra. Y he tenido que calmar sus ansias con mis manos, boca y garganta. ¿Me ayudáis a terminar con ellos? —dijo María acercando a los chicos agarrados de sus miembros bien eréctiles. —
Víctor se puso frente a mí, me agarró con furia para girar mi cuerpo, dejando mi cabeza con un panorama muy apetecible y perfectamente duro.
Tenía mis piernas abiertas de par en par y el sillón entre ellas. María no dudó en abrir las suyas para disponerse rozando con su sexo, el mío, aún lleno de los fluidos de mi orgasmo, que aprovechó para empezar unos excitantes movimientos de fricción que jamás había experimentado y me estaban volviendo a llevar al éxtasis junto con mi amiga. El miembro de Víctor, llamaba mi ansiosa boca, no dudé en engullirle entero con devoción.
Amanda y Álex se quedaron en el otro sofá gozando del espectáculo que estábamos montando frente a ellos, poniéndolos cada vez más excitados. No pudieron retener esas ganas, y empezaron a devorarse con ansia y lujuria.
Dejé de percibir lo que me rodeaba en cuanto Víctor embistió mi boca con su pene con una fuerza abismal que me provocó una arcada de placer, y mi boca empezó a lubricar cada vez más dejando que Víctor me penetrara a buen ritmo a la vez que agarraba con fuerza mis pechos para mantener su pene bien adentro de mí, teniéndome bajo su control.
María se movía genialmente bien. Aprovechó la excitación que estaba provocándome Víctor para frotarse con más pasión, y ante tanta fricción y humedad pude oír su gemido acompañado de una lluvia en forma de orgasmo que dejó todo mi cuerpo brillante y reluciente de su placer.
Víctor, ante tal manantial de lujuria por parte de mi amiga no tardó en estallar en mi boca
Víctor, ante tal charco de lujuria, no tardó en estallar en mi boca. Fue tan profunda esa última embestida que no me dio tiempo a saborear su orgasmo en mi boca, y me vi engullendo su pene junto a su húmedo regalo.
Los primeros rayos de sol que se colaban por las ventanas del pasillo me dejaron ver ese panorama de sexo, lujuria y pasión.
La imagen que quedó después de toda esa amalgama de cuerpos entregados al placer fue digno de enmarcar.
Víctor, exhausto. María, insaciable, Amanda y Álex cumpliendo su más ansiada fantasía. Quizás también fuera la mía. Y es que, a decir verdad, esa noche dio mucho juego a cumplir varias de ellas, y satisfecha me quedo por ello, ya pensando en la siguiente fantasía por realizar, contando siempre con mi inseparable amiga. Las locuras siempre vienen de dos en dos, y nosotras somos las locas más irresistibles de la ciudad.

Comentaris
Publica un comentari a l'entrada