Gina en el gimnasio
Así que me enfundé en mis mallas, –con las que no podía disimular nada de mi figura, mis curvas en todo mi esplendor – mi camiseta escotada de tirantes, –que yo sin escote no se ir por la vida, amo mi escote – y me puse las bambas a juego con el atuendo para asistir a mi clase favorita de cardio full body, y allí estaba ella, como cada jueves, en primera línea.
Me vio, me miró con provocación y se giró, como cada jueves, y yo me moría de curiosidad de porqué esa chica me miraba así siempre que me veía llegar a la clase, solo me miraba, de 4 clases que hemos coincidido, ninguna vez me ha dirigido más que esa mirada que me dejó atrapada en ella desde el primer día que la encontré en esa clase, desde ese día no hay jueves que ni ella ni yo, fallemos a la clase.
Esta vez quise ir más allá, y cuando me acerqué a coger posición detrás de ella, me presenté – hola, que tal, soy Gina– acompañado de mi mirada más sensual de la que dispuse en ese momento, y ella me contestó con un – bien, soy María, estaba deseando este momento– y yo me puse roja, le sonreí, dejé mi botella de agua y la toalla detrás de ella y esperamos, una tras de la otra, a que empezase la clase.
Empezó a sonar la música, y el monitor inició los estiramientos previos al ejercicio aeróbico, y yo no podía dejar de mirar esas curvas que se movían al ritmo hipnótico de la música, y es que María tenia una forma de moverse tan sensual, no se si lo haría por tenerme detrás de ella o por llevar el ritmo en esas curvas, pero el mero pensamiento de que se movía así por mi, empezaba a provocar en mi interior unos sofocos excitantes, que no podía controlar.
Paramos por descanso unos minutos, y aproveché para tomar sorbos de agua, cuando María se giró, – ufff, menuda marcha tiene hoy Álex, estoy sudadisima– dijo ella guiñándome el ojo,
–ya, no hace falta más que verte– le solté, entre risa picara, porque no dejaba casi nada a la imaginación ver a esa mujer tan mojada, era una imagen tan erótica, que era yo la que empezaba a mojar, pero no de sudor precisamente.
Cuando terminó la clase, María, se quedo hablando con Álex, aunque más bien parecía que estuviera coqueteando con él, y Álex se mostraba muy receptivo a sus flirteos, y es que quien se puede resistir a esa sensualidad tan natural que desprendía María, ni yo podía, que soy mujer, un chico como Álex, que no es de piedra, aun menos.
Les dejé ahí, con sus cosas y me subí al vestuario a ducharme, cogí mi neceser con mis cosas de aseo, la toalla y me dirigí a la ducha cuando de repente me crucé con María, aun con sus mallas mojadas –que, ¿ahora una ducha bien caliente? – me soltó con picardía, y yo no supe más que sonreírle y meterme en la ducha para esconder lo nerviosa que me puso su comentario y verla aun con esas mallas mojadas.
Dejé caer el agua por todo mi cuerpo, todavía húmedo de ejercicio y de deseo por María. El agua me hizo pensar más en ella, en cada gota de agua que resbalaba por cada centímetro de mi piel, me frotaba con delicadeza con la esponja, saboreando cada caricia, y con un despiste de mi mano, se me resbaló la esponja con tan mala pata que fue a parar a la ducha de al lado,
–perdona, se me ha caído la esponja en tu ducha, ¿me la acercas por favor?, –claro, ahora voy–
Bajo la puerta, vi unos pies delicados, de uñas cuidadosamente rojas, y abrí la puerta de la ducha, y la vi ahí, envuelta con una toalla de impoluto blanco, con mi esponja en la mano.
La invité a entrar, no me pude resistir a su provocación, y la invité con la misma picardía de ella.
–¿no te vas a quedar ahí, ¿verdad? –
No vaciló ni un minuto, y se adentro con decisión, quitándose la toalla para depositarla en el colgador, para luego propinarme un beso que me haría estallar en lujuria y deseo por esos labios, por esa lengua que empezaba una lucha con la mía, para acabar rindiéndome, dejándome devorar por ella.
Le dejé hacer, porque sabia muy bien lo que hacia y como lo quería, me hacia retorcer de placer con cada caricia, con cada roce de sus labios en mi ansiosa piel.
Cuando pensé que lo había devorado todo de mi, me miró a los ojos con lascivia y me hizo apoyar una de mis piernas en la pared de la ducha, dejándome bien expuesto mi sexo, que, de tanta caricia y besos, estaba hinchado y brillante, como un diamante en bruto a punto de ser pulido por una lengua experta, hambrienta, que sabia muy bien como moverse, con que ritmo lamerme y con la presión perfecta, para hacerme llegar al éxtasis.
No pude aguantar más, y cuando me iba a correr, se salió de mi entrepierna para meterse en la boca uno de mis pezones, para mordisquearlo bien fuerte, cosa que me hizo estremecer aun más de placer.
–no quiero que te corras aun, tengo muchas ganas de disfrutarte, no sabes la de veces que he fantaseado con un momento así junto a ti. Y hoy, te vi tan predispuesta, tan receptiva, que no me pude resistir a buscarte, encontrarte…
Mientras me hablaba, no dejaba de retorcer mis pezones, fuerte, para luego calmar el dolor con un beso y un abrazo de su lengua que seguía dándome un placer que jamás nadie me ha hecho sentir, que ninguno de los chicos con los que he estado han sabido tocarme ni lamerme en el punto exacto, donde más placer me daba, y en ella, he encontrado el olimpo del placer, mi Diosa de la lujuria desenfrenada.
María seguía entregada a mis pechos, duros como piedras, que ahora manoseaba con una delicadeza que me erizaba la piel, mientras nuestros labios hambrientos seguían devorándose sin piedad. Quise recorrer con mis labios cada rincón de su divino cuerpo y ella se entregó a mi dejándome disfrutar de su entrega,
así que dejó lo que estaba haciéndome, para dejar que mi lengua jugase con uno de sus pezones, también duros de excitación, y acompañar con caricias de mis manos, la redondez voluptuosa y perfecta de sus pechos.
Note una mano delicada, deslizarse por mi vientre, hasta acabar acariciándome los labios de mi hinchado e húmedo sexo, y desee hacer lo mismo con mis manos, y comprobar que María, estaba igual de húmeda e hinchada que yo.
Y así empezó una danza de caricias con nuestros dedos en la entrepierna de cada una, yo seguía el ritmo que ella pautaba, porque sabia lo que se hacia, y yo, era la primera vez, que tenia entre mis manos un sexo de una mujer, así que me dejé llevar por su ritmo y su presión, y cada vez sus jadeos aumentaban según mi presión y ella me rozaba con más rapidez, y yo proseguía igual en su sexo.
Los jadeos cada vez eran más frecuentes, y María al sentir que estaba a punto de correrme, introdujo dos de sus dedos en mis entrañas, más que mojadas, y yo hice lo mismo con ella, introduje un par de dedos en su vagina, ardiente, era un rio de lujuria toda ella, dejó chorreando mi mano con cada embestida de mi mano, y ella aumentó el ritmo con furia hasta que, al unísono, soltamos tal aullido de loba extasiada de placer, que resonó en toda la estancia de duchas del vestuario. Pero no nos importó más que dejarnos ir, dejarnos fluir, nos sacamos nuestras respectivas manos de el sexo de cada una, y con mirada viciosa cogió su mano y se la lamió entera, llenándose toda su boca de mis fluidos producidos por el placer provocado minutos antes. Yo hice lo mismo con la mía, me llené de su sabor, saboreándola gota a gota, jamás he probado a otra mujer que no fuera yo misma, y ella, ella me sabia a gloria bendita, estaba atrapada en esa mujer, lo que me hizo sentir, única, y sobretodo afortunada.
Primero salió ella, no antes sin darme un beso de aquellos que no olvidaré en la vida, me besó con lengua y hasta con su mirada lasciva, no podíamos mirarnos de otra forma después de todo.
Después salí yo, pero no pude ver hacia donde se fue a por su taquilla, miré a un lado y a otro, nada. Así que fui a mi taquilla, me vestí mientras iba recopilando todo lo sucedido esa tarde en el gimnasio, grabando en mis neuronas cada mirada de María, cada caricia, el sabor de su lujuria, el tacto de su piel, para poderlo repetir una vez más, o las que fueran. Esa mujer, me volvió adicta a su sabor, y voy a encontrarla, para volver a llenarme de todo su ser.

Tentador y seductor
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