El chico del tren
Como cada mañana, cojo el tren de las 08:26 que va directo al centro de la ciudad. No va muy lleno, así que me puedo sentar la mayoría de las veces.
Mi trayecto es un poco largo, de unos 30 minutos, y ese tiempo lo dedico a las redes sociales, veo, leo y si estoy atrevida, subo fotos.
Y esta mañana me dio por subir una foto con mi vestido nuevo, me gusta como me queda ceñido en la curvatura de mi cintura y resalta mi pecho, su escote en V.
El tren se detuvo en la estación más concurrida, donde sube y baja mucha gente, se sentó a mi lado derecho un chico y al otro un hombre que no tardó en sacar un libro de historia y el chico, su móvil.
Después de deleitarme con las entradas y salidas de la gente, cuando ya todo el tren estaba en sus sitios escogidos, seguí con mi edición de la fotografía del vestido –me encanta la fotografía y la edición, y mi mirada y mi cuerpo ama el objetivo de una cámara, podría ser mi afición preferida, la fotografía, tanto ser la Musa como el objetivo–. Cuando ya la tuve lista la colgué en las redes sociales, esperando que mis seguidores reaccionaran.
Se me hizo corto el trayecto al estar concentrada en la edición y luego el texto que iba a acompañar mi fotografía, bajé acelerando el paso, como siempre, cuando sentí que mi móvil vibraba una sola vez y en la pantalla vi un mensaje de la red social en la que había compartido la imagen.
–Bonito vestido, pero más bonito se siente al tacto, teniéndote tan cerca, en el asiento de al lado. Ojalá volver a coincidir, me gusta hasta como hueles.
No me lo podía creer, el chaval que se sentó a mi lado me estuvo cotilleando cuando estaba subiendo mi foto, y encima, menudo cuerpazo tiene el tío.
Quise contestarle, pero me pilló tan sorprendida que no supe qué decirle y le escribí lo primero que me pareció.
–Para coincidir otra vez, deberás volver a coger el mismo tren, pero esta vez quizás no tengas tanta suerte con mi vestido.
Guardé el móvil en mi bolso y entré a la oficina, puntual como de costumbre, pero esta vez con el corazón que me iba a mil, por tal peculiar encuentro en el tren de un desconocido, porque ni me fijé en su cara, estaba tan inmersa en mi móvil que apenas le miré, pero vi en su perfil las fotos sin camisetas de cintura para arriba, pero sin su cara, abundaban a raudales. Pude deducir que era jugador de hockey profesional por sus fotos de equipo, deportista, por eso tiene ese cuerpo tan trabajado, y delicioso.
No me lo pude quitar de mi mente en toda mi jornada laboral de 4h.
Acabé mi jornada, me subí al tren y aproveché para mirar el móvil, y un mensaje de él me hizo sonreír de medio lado.
–No te he podido sacar de mi mente en toda la mañana.
Dios, y yo; empecé a pensar en algo qué contestar pero que no sonase desesperado, tenía ganas de volver a coincidir con él, y esta vez para provocarlo y llevármelo a mi terreno, pero no poniéndole las cosas fáciles.
–Si que te aburres en tu oficina –le escribí al fin.
Al momento veo que esta escribiendo.
–Sólo lleno mi aburrimiento con lo que me interesa.
–Sólo has visto una chica en vestido, y no has visto más allá de ello, soy más que un trozo de carne con tela de colores.
Y después de contestarle cerré la aplicación y bajé en mi estación, y no pude dejar de pensar en los mensajes que nos estábamos mandando como dos adolescentes en celo, pero la cuestión es que esa sensación me hacía vibrar por dentro, me gustaba pensar en cómo provocarle la próxima vez que le viera, y mi cabeza daba vueltas a ello.
Al día siguiente me desperté inspirada para escoger un modelito seductor. Escogí esta vez una falda con apertura generosa en el lateral de color vino, y arriba una camisa ajustada abrochada estratégicamente, para insinuar mi exuberante escote, y para ello escogí el sujetador que mejor escote me hacía, negro de encaje, que se dejaba ver entre la tela translúcida de la camisa.
No podían faltar mis tacones perfectos, esos que hacían de mis piernas, estilizar mi silueta, y el conjunto entero, la mayor de las provocaciones. Ser consciente de lo que puedo llegar a provocar en un hombre, me hace ser vertiginosamente peligrosa para esos valientes que se atreven a caer en mi provocación, y ese chico, parece mostrarse valiente ante mis encantos, espero ver pronto hasta donde es capaz de llegar.
Cuando estoy lista salgo de casa, y a mis espaldas oigo alguien que me silva, como se le silva a alguien que te gusta, me giro, y veo a Erick al otro lado de la acera que había bajado a tirar la basura.
–Buenos días atlética, hoy vas a romper muchos cuellos creo, tuve suerte de verte de frente, sino me partes en dos.
No puedo evitar sonreírle de medio lado con mi mirada pícara, este chico sabe como sacar mi lado pícaro, maldito sea.
–Buenos días, Erick, pues me alegro de seguir viéndote entero entonces.
Se dispone a cruzar para volver a su casa, y se pone a centímetros de mi, mirándome con intensidad a mis ojos.
–Verte entera a ti es lo que deseo.
Me susurra, tan cerca de mi, que puedo sentir hasta su aliento, lo miro, me muerdo el labio, pero no puedo evitar mirar el reloj y ver que se me hace tarde, y con esos taconazos se me va a hacer aún más tarde, por no mencionar los comentarios de mi Dios griego de buena mañana, vaya día me espera.
–Erick, corazón, se me hace tarde, de veras que me alegro montón de verte entero y tan bien, pero debo dejarte.
Y me alejo, lo más deprisa que me dejan los tacones y la apertura de la falda.
Llego justo a tiempo de coger mi tren de las 08:26h, menos mal.
Consigo sentarme, pero ni rastro de mi chico del tren, miro el móvil, ningún mensaje, y temo lo peor, que no aparezca esta vez, y eso que es nuestro tren, el de la misma hora del día que coincidimos por primera vez.
En la siguiente estación, sube y baja mucha gente, y entre la muchedumbre, le veo entrar con los auriculares puestos y la mirada fija en su móvil.
De repente mi móvil vibra, haciendo que me dé un vuelco el corazón, y veo que es un mensaje de él.
–Espero volverte a ver, no sabes lo que he corrido, por coger a tiempo, nuestro tren.
Y en ese momento, en cuanto acabo de leerle, nuestras miradas se encuentran, acelerando mi pulso de tal manera que empiezo a hiperventilar.
Al verme, se sitúa frente a mi, como si quisiese observarme de más de cerca, quedarse con cada detalle de mi atuendo, escogido con picardía, para él. Me mira de arriba abajo –me encanta sentir su mirada recorrerme entera. – noto que les dedica más tiempo a mis piernas, que no dudo en cruzarlas dejando que asome mi pierna por la apertura de la falda.
Noto que sonríe de medio lado, y no puedo evitar mirarle con picardía mientras me muerdo el labio inferior, por las ganas que me entran, de que una de sus manos se deslice por ese centímetro de mi piel que asoma con provocación. Pero él está de pie, yo sentada, solo alcanzo a acariciar con mi zapato, su pierna, con sutileza, para que nadie más se de cuenta de las ganas que tengo de sentirle. Y un calambre me recorre por mi pierna hasta mi sexo, al notar el contacto con él, y siento estremecer hasta humedecer. Puedo apreciar, como algo crece detrás de esos pantalones ajustados que lleva, que no duda en disimular, tapándose con la sudadera que lleva en el brazo.
Me devuelve la mirada con lascivia, y yo no puedo dejar de tocarle, cada vez más intenso, mientras me muerdo el labio de hambre por sentir de más de cerca lo que esconde su sudadera.
Me vuelve a vibrar el móvil, dos veces.
–No se que tienes, pero eres puro magnetismo. Has conseguido que aumenten mis ganas de recorrerte entera, sino fuese por esta gente, ya hace rato que serías mía. Bajo a la siguiente, dime a qué hora coges el siguiente, tengo ganas de ti.
Lo leo mientras sigo mordiéndome el labio y pensando en qué contestar, este chico me esta haciendo enloquecer sin apenas haber escuchado su voz, jamás me habían hecho sentir nada igual, tan intenso, con apenas unos roces y mensajes. Le contesté rápido.
–Salgo de la oficina a las 13:30, así que cogeré el tren de la 13:42. Vas a volver a quedarte ahí de pie frente a mi?
Veo que me mira, me sonríe de medio lado y se baja en la estación. –Ya sé en qué estación se baja para ir a trabajar. – Me vuelve a vibrar el móvil.
–Esta vez espero sentarme a tu lado para verte mejor desde otro ángulo, aunque el de pie, no estaba nada mal, piernas apetecibles, escote de perdición. Como tengas alguien al lado lo pateo hasta que se largue, así que procura que tenga sitio a tu lado.
Lo veo que se aleja a través de la ventana del tren, sin apenas mirarme, solo concentrado – supongo– en escribirme el mensaje.
Al leerlo se me vuelve a escapar una sonrisa por el tono de su mensaje, tan imperativo, y esa actitud me provoca mucha excitación, me dan ganas de no defraudarle, de obedecerle, y a la vez, de retarle, y no dejarle sentar a mi lado y volverlo a dejar de pie, y a ver de qué es capaz. Pero me dispongo a contestarle, con todo este coqueteo, no se ni su nombre, y no dudo en preguntárselo.
–Haré lo qué pueda con lo del asiento, pero quizás saber tu nombre me motiva más para intentar que esté libre.
Al acto vibra mi móvil.
–Joseph, espero tener ahora, más privilegio para ese puesto a tu lado. ¿Puedo saber el tuyo? Así jugamos con igualdad.
Joseph? Eso me suena a francés, y también me suena sexy, hacen un buen conjunto junto a su cuerpazo de hockey.
–Eres francés?
–Pregunté yo, antes, cielo.
–Cielo, no, Gina. ¿Eres francés, Joseph?
–Gina… mmm… sexy, más que encantado Gina. Y no, no soy francés, mi madre si, se vino aquí en su adolescencia.
Y así pase el resto de la mañana, enviándonos mensajitos, conociéndonos mejor, y la verdad es que me parece un chico la mar de interesante e inteligente. Me explicó que es asesor financiero en una mediana empresa –por eso su atuendo elegante, pero informal, que tan bien le sienta a su silueta atlética–, y que tiene su propio despacho, y mi mente que es tan perversa, empezó a imaginarse a ese ejecutivo morboso provocando a una simple secretaria como yo, bajo sus órdenes – Dios, como me gusta recibir órdenes y que me digan qué hacer para complacerles– , y el simple pensamiento empezó a provocar mares en mi entrepierna, haciéndome desbordar en deseo desenfrenado por sentir de una vez por todas, a ese chico en plena acción.
Pero aún me quedaba una hora para acabar mi jornada y también para entregar el proyecto, así que me puse música tranquila para no pensar en él, silencié el móvil, y continué mi trabajo.
A la 13h, pude entregar todo a tiempo, y la jefa nos dejó irnos antes, cosa que ignoré, tenía una cita en el tren, en la que no podía fallar.
13:20, me vibra el móvil.
–Gina, voy de camino, se puntual y recuerda, quiero sentarme a tu lado, ni de frente ni detrás, lo quiero a tu lado.
–Diez minutos y voy para allá con nuestro tren y tu asiento preferente, a mi lado.
–Así me gusta, buena chica.
Y no sé porqué, ese último mensaje hizo que mi piel se erizase, tocó una tecla en mi mente, que me conecto directamente con mi entrepierna.
Entré al tren, busqué un sitio donde había cuatro asientos libres, dos a un lado y dos al otro, me senté en el del pasillo, con la picardía, de tener que hacerle pasar frente a mi, restregándome el culo por mi cara, y solo pensarlo no pude evitar reír de medio lado.
Cuando pasaron un par de estaciones, le vi entrar, vio su sitio libre, y me guiñó un ojo, como aprobación de haber obedecido su tarea.
Se sentó a mi lado, y dejó medio apoyado su brazo junto al mío, y ese contacto me volvió a estremecer muy adentro de mi ser. Me miró de reojo, y le devolví la mirada con lascivia, se puso la sudadera encima de su entrepierna y sutilmente cogió mi mano y me la puso encima de su paquete, en la asombrosa duricia, que no tardé en acariciar sutilmente, pero con la intensidad suficiente para mantenerla dura.
Crucé mis piernas, dejando asomar mi piel por la apertura de mi falda, y sentí entre mi mano, aumentar aún más su tamaño. Notar lo qué le estaba provocando a ese chico, me estaba poniendo cardíaca perdida, decidí bajarle la cremallera, deseaba sentir su sexo piel con piel, entre mis manos, caliente, ardiendo, deseando adentrarse en mí en cualquier momento.
Lo agarré con fuerza, no podía evitar morderme el labio por las ansias que me estaban acechando, no podía dejar de rozarle, de sentirle, sólo podía pensar en tenerle dentro de mi, pero la anunciación de la siguiente parada me hizo parar de golpe, me bajaba a la siguiente parada. Y ahí le dejé, maldiciéndome con la mirada, con la cremallera bajada custodiando una duricia inevitable.
Pero se levantó de golpe, vi como se ordenaba el caos que le había provocado ahí abajo, y me siguió.
Siento tras de mí que me agarran del brazo, frenando mi paso. Es él.
–¿En serio ibas a dejarme ahí tirado, con la que me habías provocado?
–Me bajo aquí siempre, es mi parada. No era mi intención provocarte de esa manera, fue tu mano la que me envió a tu entrepierna.
Seguimos andando, saliendo de la estación, hacia el parque, mientras hablábamos de lo sucedido en el tren.
–Tu mano parecía estar como en su casa, ahí abajo, además, sabía muy bien cómo y qué hacía.
Nos íbamos adentrando cada vez más en la densidad boscosa del parque, y entre su conversación y el escenario tan provocador en el que nos encontrábamos, empecé a excitarme otra vez, y volví a tener la necesidad de provocarle para que me dejara tocarle de nuevo.
–¿Vas a acompañarme a casa como un galán caballero?
–¿Me vas a dejar subir?
–¿Por qué iba a dejarte subir, teniendo este parque tan solitario para los dos?
Y me agarro de las muñecas, me las puso en alto mientras me empujaba hacia un árbol, asegurándose que no nos veía nadie.
Me besó con hambre, su lengua era voraz, se entrelazaba con la mía con ansias, mientras sus manos levantaban la tela de mi falda hasta poder acariciar mis nalgas a la vez que estrujaba con sus manos.
No podía huir de sus garras, me tenía prisionera de su deseo lascivo, de llenarse de mi, con su boca, con sus manos. Noté su mano colarse por debajo mi camiseta, y me sacó con ansias mis dos perfectos y tersos pechos.
–Vaya, pensé que estarían más duros tus pezones, tendré que castigarte por ello.
Y me subió la camiseta bruscamente, dejando mis pechos a su merced para ser castigados con su boca, que no dudó en succionar, primero uno, luego el otro, y cuando los tuvo a su disposición, empezó morderlos, primero suave, lento, para luego ir aumentando la intensidad hasta que solté un gemido de placer, que me conectó directamente con mi entrepierna, haciéndola contraer de placer.
Cuando ya me dejó preparada y dispuesta, me soltó las muñecas.
–Ahora quiero que te arrodilles, y hagas, exactamente, lo que dejaste a medias en el tren.
Me arrodillé, le volví a bajar la cremallera de su pantalón, y empecé a acariciarle con intensidad, su miembro, por encima el bóxer, mientras le miraba hambrienta, a los ojos.
Opté por liberar su sexo y llenarme la boca con él, tampoco me dejó pensarlo demasiado, ya que me agarró del pelo haciéndole una cola, me agarró fuerte y empezó a embestir mi boca hasta lo más profundo de mi garganta, dejando ríos de babas resbalando por su escroto y todo su miembro a la vez.
Me volvió a coger, levantándome del suelo y poniéndome de pie de cara al árbol, subió de nuevo mi falda y acarició mis nalgas, suave, con mimo, las besó, hizo un recorrido de besos por mi espalda, hasta besar con ansias mi cuello hasta succionarlo, dejándome una marca enrojecida, y me susurró al oído.
–Eres muy buena chica, obediente, complaciente y entregada, veamos qué tal suenas.
Y me dio un azote tras otro, hasta dejarme su mano como recuerdo. Para mi asombro, cada azote que recibía se me estremecía de placer todo mi ser, en una sensación que no la había vivido aún y ahora la estaba experimentando como algo adictivo y placentero.
Sentí como su mano arrancaba mi lencería, y luego algo húmedo y suave que pude adivinar que era su lengua, recorriendo de arriba abajo mi sexo, que brillaba de humedad, como un letrero luminoso, invitando a adentrarse en el más perverso de los placeres.
–Y así te deseo, ofrecida a mis perversiones, y preparada para recibirme, no sabes cuanto te deseo, todo esto lo has provocado tú, y ahora vas a gozar las consecuencias de ello.
Noté su sexo hundirse en mis entrañas, sin piedad, y no pude evitar soltar un gemido de placer, al sentir como me llenaba de placer una vez tras otra, saliendo y entrando de mi a un ritmo frenético haciéndome enloquecer, gemir de placer. Y con cada gemido, su ritmo se volvía más intenso, me agarraba fuerte de la cintura para poder llegar más adentro de mi, y eso me hacia estremecer aún más, y cuando notó que me iba, que me corría, paró.
–No te vas a correr, aún, vas a aguantar muchas más embestidas antes de ello.
Y me giró de golpe, empotrándome contra el árbol, entrelacé mis piernas en sus caderas y siguió penetrándome con una fuerza animal que me volvía loca, que me hacían tocar el cielo. Estaba a punto de correrse, lo sentía, por sus aceleradas embestidas y sus gemidos, que intentaba callar con uno de mis pechos en su boca, llenándosela de él.
Estábamos apunto los dos, no podía parar, las embestidas eran bestiales, como el orgasmo que surgió de tanto placer desenfrenado. Me metió un par de dedos en mi boca para silenciar mi orgasmo apoteósico mientras él seguía dándole bocados a mis pechos, hasta que salió de mis entrañas para descargar todo su placer en mis pechos erguidos, duros, que lo recibieron gratamente sintiendo todo su calor y humedad.
–Bébeme, no te dejes ni una gota de lo que has provocado en mi.
Obedecí, lamí cada gota de su elixir que resbalaba de mi pecho mientras le veía subirse los pantalones y subirse la cremallera.
–Gina… buena chica, espero volverte a repetir – me dijo–.
Y me vestí, más bien me recoloqué la ropa, que esa bestia infernal descolocó en mi, y me despedí de él.
–Ya sabes donde encontrarme Joseph, mismo tren, misma hora, de lunes a viernes.
Me guiñó un ojo, me dio una palmada en mi trasero y lo vi alejarse entre la maleza del parque, hasta que entró en la estación.
¿Le volveré a ver en el siguiente tren?

Eres una gran escritora, un relato muy erotico y excitante
ResponEliminaSoy balder... Genial... Sigue escribiendo... 😜
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