
El nuevo vecino de Gina

Vivo en una comunidad en la que el cambio de vecinos parece un deporte de moda, y es que hay vecinos que no duran ni un año y no llego apenas a mediar palabra con ninguno de ellos.
Pero esta vez los vecinos, se mudaron al bloque de en frente dejándome disfrutar de unas vistas maravillosas de un chico
–de apenas unos 24 años– que andaba cargando cajas en tan solo unos jeans rotos ajustados y sin camiseta, dejando a relucir un torso de lo más trabajado. Cuando subí mi mirada para ver su cara, me sorprendieron unos ojos verdes clavados en mi y mi curiosidad por ese Dios griego que acababa de llegar del Olimpo,
–Mierda me pilló babeándole fijo, que vergüenza–, me medio escondí, y por el rabillo del ojo vi que seguía mirando hacia mi ventana intentando descubrirme.
Me armé de valor y salí de mi escondrijo –total ya me había pillado, era absurdo esconderse–, le saludé con la mano y una sonrisa picara, que le hizo reaccionar al momento, con un gesto igual que el mío, que luego continuó con un movimiento de dedo como invitándome a ir a saludarle.
Tardé cinco segundos en plantarme en su puerta, le di al timbre y esperé a mi Dios griego, y si yo tardé 5 el tan solo 3 en abrirme.
–Hola vecina de en frente.
–No me llames así, queda más formal si me llamas Gina –le dije en tono pícaro–.
–Y espiar a los vecinos, en vez de ayudarles con la mudanza, ¿es una manera formal de presentarse?
–A por eso me has invitado a tu casa?, ¿para ayudarte con las cajas?
–Te vi tan… atlética, que pensé que me irías bien para ello, y la verdad es que no me equivoqué.
Vaya, vaya con el crio, como las gasta, su manera tan provocativa de dirigirse a mi empezó a tener efectos por todo mi ser, y las ganas de descubrir hasta donde era capaz de llegar su provocación me dieron ganas de seguirle la corriente.
–Si me invitas a entrar, ponemos a prueba mi cuerpo atlético con esas cajas.
–Solo las cajas son merecedoras de esa prueba?
Tras de mi, ruidos de cajas, y al girarme me encuentro de bruces con una mujer y una chica cargadas con ellas.
–¿Que Érick, haciendo amigos con el vecindario? –suelta su hermana, mofándose de él.
–Es Gina, la vecina de enfrente.
–Hola soy Gina, vi que estabais descargando cajas y vine a daros la bienvenida a la comunidad, cualquier cosa que necesitéis estoy ahí –les dije señalando el balcón lleno de plantas aromáticas que tengo– en el 2º-1ª bloque 4, estaré encantada de ayudaros.
–Ayudarle, dirás –soltó su hermana con picardía–, y más si te pide ayuda sin camiseta.
–No seas maleducada, Sara, por favor.
–Gracias Gina eres muy amable de tu parte –dijo su madre, que parecía más amable que su hija –, no dudaremos en preguntarte, ya que esta comunidad es muy grande y tendrá sus normas, ya nos las contarás.
–Claro, cuando estéis instalados y más tranquilos hablamos de ello, ahora os dejo que acabéis con las cajas, me alegro de veros por aquí, nos vamos viendo.
Me fui a casa, y me quedé con las ganas de saber de qué seria capaz ese chico, que con tan solo cinco minutos de conversación ya despertó en mi un grado de excitación muy elevado. Esa manera de provocarme con sus palabras, mezclado con lo sexy que llegaba a ser con tan solo unos jeans ajustados, esa imagen se me quedo grabada en bucle para el resto del día.
Me pongo a cenar, y desde la cocina puedo ver su salón comedor, como de una televisión se tratara, con la mejor programación que pudiera imaginar, Érick y Sara cenando también, suerte que no se han percatado que les observo. Esta vez Érick iba con camiseta y unos pantalones cómodos, y aún así seguía desprendiendo un sexy que no era normal, o lo que me provocaba no era normal, una de dos, había acaparado todos mis deseos.
Esa noche no pude evitar darme un homenaje con nombre y apellidos, y es que aún seguía ardiendo en mi mente la imagen de ese Dios griego sin camiseta, provocándome con cada frase que soltaba. Se me deslizó la mano a mi sexo palpitante de deseo, deseo de sentir sus manos recorrer todo mi cuerpo, sentía como se me endurecían mis pezones y con mis manos, soñando que eran las suyas, me estrujaba con lujuria, primero uno, luego el otro, y la excitación aumentaba con cada caricia de mis manos, hasta notar una humedad inevitable en mi entrepierna que hizo que me frotase con una pasión desenfrenada hasta que estallé en un orgasmo descomunal dejando las sabanas mojadas de placer griego.
Al día siguiente me levanté con energía, me dirigí a la cocina para desayunar, y no pude evitar darle un vistazo al balcón de Érick, pero al ver su persiana a bajo pensé que aún no se habría despertado.
Cogí el maletín de mi portátil y me fui a la estación para ir a la oficina a trabajar, como cada mañana, pero esa mañana con una sonrisa de oreja a oreja por el pedazo de homenaje que me di anoche.
Estuve toda la mañana pensando en el siguiente encuentro con Erick o de verle a través de mi ventana de la cocina, tener esas ganas de él por todo mi cuerpo me hacia mas llevadero el día, la espera de un segundo encuentro.
Después de una larga jornada en la oficina, por fin llegué a casa, abrí la puerta del parquin con mi mando a distancia, y le vi ahí en su coche, descargando más cosas.
–¿Hombre Erick, aún os quedan cosas por descargar? Te recuerdo que todavía no has puesto a prueba a este cuerpo atlético.
–Bueno, viéndote llegar con esa falda tan corta y esos taconazos, no se yo si me ibas a rendir lo suficiente.
Ando hacia él con el paso firme y ruidoso por mis tacones, le miro de arriba a bajo hasta fijar mi mirada en esos ojos verdes provocadores.
–En serio crees que los tacones y mi diminuta falda van a privar de poder ayudarte con todo eso? –le suelto mirando ese cuerpazo que me dejaba entre ver esa camiseta blanca tan ajustada–, por que no pruebas de darme algo con qué cargar y lo comprobamos?
Me coge del brazo con fuerza y me tira hacia él.
–Contigo desearía comprobar otras cosas más interesantes que eso qué me ofreces.
Y me coge la cara con las dos manos y me besa con tanta pasión que caigo tumbada encima del capó del coche, pero sigue besándome y metiéndome la lengua enredándola con la mía en una lucha en la que sabíamos que ambos íbamos a salir victoriosos de ella.
Noto sus manos peleándose con mis medias de liguero, que no alcanza a desprender las pinzas del liguero.
–Siempre vas con este atuendo a la oficina?
–Si, siempre.
–Que poco te duraría puesto si trabajase contigo.
Y acabó por arrancármelo entero en un arrebato de deseo por descubrir mis piernas atléticas, que no tardó en recorrer, primero con sus manos sintiendo cada cm de mi piel como se erizaba con cada caricia y luego con su lengua, que inició su recorrido en mis pies, lamiendo uno a uno mis dedos pintados de un rojo carmesí, siguió lamiendo mis tobillos luego mis muslos, y con el mismo deseo que arrancó mi liguero, hizo lo mismo con mi tanga de encaje negro, que no dudó en guardárselo en el bolsillo de sus pantalones.
–Y esto, me lo quedo como prueba, de lo qué soy capaz de provocar en ti, lo tienes chorreando, ¿y sabes que? Eso me pone más a mil.
Me cogió en brazos, mientras le rodeaba con mis piernas su cintura, y nos metimos en el asiento trasero de su coche, me dejó estirada boca arriba, mientras me abría las piernas de par en par, para hundir su lengua en mi volcán ardiente por desear tanto, lo que ese Dios griego empezaba a hacer con esa lengua, que tan bien sabia donde darme, para que todo mi cuerpo se arqueara de placer, con esos movimientos, justo en zonas, que ni yo sabia que me podían provocar tal lujuria.
A la vez sus manos le dedicaban una atención especial a mis pezones que iba apretándolos con varias intensidades según me iba arqueando y gimiendo a la vez.
Estaba a punto de estallar y él no se le ocurrió otra cosa que introducirme en mi sexo cuatro dedos, que iba introduciendo y sacando al compás de su lengua que jugaba con mi volcán a muy buen ritmo, para que acabase corriéndome en su boca en un orgasmo que dejó el asiento trasero chorreando.
Me incorporé un poco y le besé con toda mi pasión, llenándome de él, llenándome de mi, de mi placer provocado por esa locura de chico, y quise premiar tal espectáculo, dedicándole toda mi pasión, así que me puse encima suya, dejando que toda su erección, me llenase hasta el final de mi deseo, que estaba humedecido de placer por el orgasmo, que acababa de tener, e iba a por un segundo que no tardaría en llegar.
Lo cabalgué como si no hubiera un mañana, mientras lo hacíamos, no podía dejar de besar esos labios y saborear esa lengua, que aún sabía a mi. Sus manos recreándose en mis pechos, me excitaban aún más, haciendo que acelerara el ritmo de la penetración, y a medida que yo aceleraba el ritmo le sentía más cerca del clímax, estábamos ambos muy excitados hasta que no pudimos más y estallamos al unísono con un orgasmo que se pudo oír hasta el olimpo, y nuestros cuerpos exhaustos cayeron rendidos uno al lado del otro, con la respiración aun acelerada por la excitación del momento.
Le miré, me sonrió, nos volvimos a besar, esta vez más suave, más dulce, como queriendo calmar con ese beso a las fieras, en las que nos convertimos los dos, hace unos minutos.
Nos vestimos, mientras nos mirábamos con cara de no haber podido resistirse a esas ganas de saborearnos enteros, no lo pudimos evitar, y acabamos estallando en lujuria desenfrenada.
Una vez vestidos, llego la hora de despedirse, pero sabia que seria un hasta pronto, por qué a los vecinos, en un momento u otro, acabas coincidiendo con ellos en cualquier rincón de la finca, y esta vez, le tocó al parquin, ¿pero, cual será el siguiente sitio en el qué coincidamos?
Deseo descubrirlo pronto…
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