Gina y su primera vez en un club Swinger
Parte 1:
Fuera estaba lloviendo. Las gotas de lluvia impactaban en mi ventana desvelando mi sueño.
Ya esta aquí el otoño. Me gusta. Me aferro a él con pijama largo y la manta en el sofá. El recuerdo del verano tan intenso de experiencias y emociones me da el calor suficiente para no enfriar mi deseo.
Deseo, y enseguida me da por mirar por la ventana para ver si está Erick despierto. Intento fallido, está todo cerrado, —serás dormilón— me digo para mi misma. Me quedé sin mañanero viendo al vecino más sexy del vecindario.
Es sábado, me apetece ponerme bien sexy y salir a romper cuellos, romper la pista de baile, romper con todas las reglas que oprimen esta sociedad llena de estereotipos, que nos cortan las alas para ser realmente quienes somos.
Cojo el móvil y le escribo a María, — a quien iba a escribir si no, a mi fiel compañera de experiencias sin límites alguna—.
“Buenos días bella, me apetece vestir sexy y salir a comernos la noche y quien se tuerza por el camino, ¿que me propones?”
Al rato me contesta:
“Nena, había quedado con Alberto, quería invitarme al club donde trabaja, si quieres vente, le digo que te añada a la lista y listos.”
Una sonrisa perversa se adueña de mi al leer el mensaje de María. Tenia muchas ganas de ir al club de Alberto, la curiosidad me estaba matando, y este sábado iba a salir de dudas.
Le escribo toda emocionada, para que me añadan a esa lista.
Mi cabeza empieza a soñar, sobre todo por lo que me puedo encontrar ahí dentro, como será su decoración, la música que acompaña a todo el club, que tipo de gente acude a un lugar así, si serán de mi edad o quizás más mayores.
Ahora mismo, soy un saco de nervios lleno de incertidumbre. Abro el armario —y de todo esto, ¿qué leches me pongo? ¿Como se va vestida ahí? — me digo a mis adentros viendo la avalancha de ropa seria que tengo de fondo de armario.
No aguanto más y llamo a María.
—A ver nena, no puedo más, no se qué ponerme para esta noche. Porqué no te vienes y nos arreglamos juntas, así me ayudas a escoger.
— A ver cariño, no te sulfures, tienes una ropa monísima para salir y seducir todo a tu paso, no se a qué vienen esos nervios.
— ¿A qué vienen? Nunca he ido a un sitio así, no se como se debe ir vestido.
— Creo que has formulado mal la pregunta. Como se debe ir desvestido con sutil elegancia a un sitio así.
— ¿Perdona? — le suelto poniendo los ojos en blanco — me estas diciendo que vamos a ir desnudas y encima con elegancia?
— Algo así. Si. Me ha contado Alberto, que es la fiesta de la lencería.
La fiesta de la lencería, que bien suena, sobre todo porque amo la lencería. Una maleta llena de ella lo corrobora.
Convencí, al fin, a María para que viniera a vestirnos juntas, la idea de rebuscar entre mi maleta llena de lencería le picó la curiosidad.
A las 20h, ya la tenía llamado a mi puerta.
Abrimos juntas la maleta y empecé a enseñarle la lencería que guardaba con tanto mimo, dispuestos cada conjunto en pequeñas bolsas.
Corsés, de encaje, de látex, hasta de cuero.
Bodys de encaje, de rejilla. Ligueros y sus respectivas medias. La verdad es que tengo un buen arsenal lencero, y la gama de colores habla por sí sola. Lencería negra como base, y para darle un toque provocativo, el rojo. Siempre serán mi fondo de armario para la seducción, y esta noche tocaba sacar de ahí dentro, algo rompedor y seductor sin limites.
Escogí para mi un corsé de cuero y encaje negro que me hacía un escote abismal y unas curvas de infarto. Le añadí unas medias de liguero a juego con el conjunto, que María no tardó ni un segundo en ayudarme a fijarlas en las ligas del corsé con mucho mimo, saboreando la suavidad de mi piel, erizándome entera. La sensualidad con la que me toca esa mujer no tiene palabra para definir lo que me hace sentir, me quedaría corta.
Cuando María terminó conmigo, era su turno.
Se enamoró de un body de encaje rojo, que no dejaba sitio a la imaginación. Sus preciosos pechos se podían intuir perfectamente. El tanga de la lencería resaltaba aún más las curvas de su trasero, perfectamente contorneado por esa minúscula tela roja que se adentraba en su zona prohibida y tremendamente adictiva.
Esta vez fui yo quien, con mucho deseo, la ayudé a poner las medias en las ligas del body.
Me arrodillé ante ella cogiendo uno de sus pies, y empecé a subir esa tela tan delicada por esa perfecta pierna suave y tersa hasta llegar a medio muslo, ahí me detuve y empecé a besar la parte interna hasta llegar a su sexo. Me gustaba su olor, a deseo, a excitación.
Pero María me detuvo, me cogió de la cara, me miró a los ojos y no pudimos soportar más esas ganas de comernos a besos, que sabemos insaciables, las dos. Nos volvimos a mirar, esta vez a centímetros de su mirada, y me susurró:
—Gina… no podemos llegar al club saciadas. Reservemos fuego para las hogueras que encontremos ahí —soltó ella, reprimiendo las ganas de seguir.
—No pude evitar la tentación de recorrer tu cuerpo con esa lencería. Me sentí atraída hacia ti como imán insaciable de tus curvas. — le solté resignada por frenar mis hambrientas ganas de disfrutar de ella.
Separamos nuestros cuerpos y guardamos nuestras ganas, nos acabamos de vestir entre risas, ella enfundada en una minifalda de vértigo, color vino y una camiseta de tirantes negra, que dejaba entre ver alguna parte del encaje rojo de su body.
Yo opté por vestido de cuero negro, perfectamente amoldado a mi silueta. La guinda fueron unos tacones de infarto que hacían resaltar mis piernas en cada paso.
Llamamos a un taxi, que a los diez minutos ya estaba esperándonos en la puerta. Le dimos la dirección que nos dijo Alberto.
Los nervios me estaban comiendo. Agarré fuerte la mano de María, y nos miramos. Necesitaba de su mirada para trasmitirme su calma.
El taxi se detuvo frente un edificio de arquitectura clásica pero elegante, muy bien iluminado, pero sobretodo, bien situado. Se encontraba en la zona alta de la ciudad, y unas vistas de la misma eran el escenario perfecto para cualquier encuentro en ese club liberal, catalogado como uno de los mejores de Europa.
El taxi nos dejó en la puerta. Una puerta de hierro forjado sin cartel del lugar ni nada, más que un interfono. Una entrada discreta —pensé mientras dudaba en picar al timbre o qué —.
—Nena, qué hacemos, ¿picamos? ¿Alberto te dijo alguna contraseña o algo para entrar?
—La verdad es que no. Pero picamos y a ver que nos contestan. Siempre podemos decir que venimos de su parte que por eso es el responsable del club.
Al fin picamos. Una voz de mujer sonó al otro lado del interfono dándonos la bienvenida.
Al abrir la puerta, pudimos observar la majestuosidad de la finca, iluminada estratégicamente para resaltar su belleza arquitectónica
Unas escaleras nos llevaron hasta la puerta principal donde un hombretón nos esperaba.
—Buenas noches, chicas. ¿Es la primera vez que acudís al club?
—Si, es la primera vez. Venimos recomendadas por Alberto. — dijo María al hombre elegantemente trajeado. —
—Oh! ¿Sois las amigas de Alberto? Os estaba esperando. Ahora mismo le digo que baje, de mientras podéis esperar aquí en la recepción. Ella es Mabel, se encargará de colgaros los abrigos y de entregaros las pulseras de consumición.
Y nos quedamos ahí, embobadas mirando la elegante decoración de la recepción. Unas cortinas de terciopelo rojo franqueaban la entrada al resto del club. De esas cortinas, como puertas al infierno, apareció Alberto, el anfitrión de ese templo liberal.
—Buenas noches, chicas, estáis preciosas esta noche—dijo mirándonos de arriba abajo—. Veo que Mabel ya os ha dado las pulseras, con ellas tenéis consumición gratuita por ser mis invitadas de honor. La llave que cuelga es para abrir vuestra taquilla.
—Qué detalle, muchas gracias, cariño. —le dijo María a la vez que le besaba en los labios—.
Vi como se comían con la mirada después de ese beso y pude intuir la química tan fuerte que les unía. Tan solo habían pasado dos semanas de la primera vez que nos vimos todos, en esa playa. Y ya se podía intuir, que ambos conectaban desde el minuto uno con tan solo verse. Fue flechazo fulminante. No pudo escoger mejor María, es un buen amante y sabe cuidar de ella.
Alberto nos abrió la cortina, que nos dió paso a un vestíbulo en el que, a nuestra derecha, había unas escaleras de mármol que parecían llevarte al séptimo cielo de lo largas que eran. Frente nosotros una mesa con artilugios sexuales, hacían de sponsor de la fiesta. Y a ambos lados, el club se adentraba, por un lado, en un pasillo estrecho que daba a la terraza, y por el otro, a una sala no muy amplia, con sofá de terciopelo rojo a juego con las cortinas, y al fondo una barra de bar con un par de camareras en lencería negra que quitaban el hipo.
A penas había gente en el club, y la poca que había iban vestidos de un sexy elegante con mucha clase. Poca lencería se veía a esa hora.
Alberto nos citó a las 23h, hora en la que se empezaba a preparar todo y poder enseñarnos con más calma el resto del club, que tenia 3 plantas más.
—Chicas, ¿os parece que os acabe de enseñar el resto del club? Es un edificio muy amplio y está lleno de rincones que, si no os los muestro, no vais a descubrir en la vida.
En la planta baja, que es donde nos encontramos, tenemos una barra de bar —nos explica Alberto, avanzando hacia la barra y sonriendo y guiñándole un ojo a las bellezas de las camareras— ella es Bety y ella Olivia, ¿os apetece un cóctel?
—Por mi me tomaría un gintonic —dijo María
—Y tú Gina?
—Para mi lo mismo que ella, gracias.
Cogimos los cócteles y Alberto siguió la visita guiada.
Subimos las escaleras hasta la segunda planta. Donde aguardaba otra pequeña estancia con chimenea y en frente , una cama redonda color rojo a juego con la decoración de todo el club. Una pareja sentada en ella, se besaba y manoseaba con otra chica. Los tres, vestían lencería de cuero y cadenas, que, en sus cuerpos, quedaba más que apetecible.
Ya se empezaba a ver más acción en el club. La siguiente estancia que nos enseñó Alberto, era más bien oscura y una inmensa cama ocupaba toda ella. Pudimos ver varios cuerpos desnudos, no supe distinguir cuantos. Estaban tan entrelazados los unos con los otros que no se apreciaban ni el sexo de cada uno. Se oían gemidos de varias chicas, y las embestidas que recibían con tanta furia también se podían escuchar perfectamente. Me excitó mucho esa amalgama de cuerpos dándolo todo con lujuria y lascivia sin límite alguno.
Ver muchas de mis fantasías realizadas en una sola planta, allí podía tener la oportunidad de cumplirlas en una sola noche.
El móvil de Alberto empezó a sonar.
–Perdonad chicas debo cogerlo.
Y nos dejó ahí solas y embobadas con los gemidos de fondo que venían de la ultima habitación que nos enseñó.
Al minuto, ya volvía a estar entre nosotras, pero no por mucho rato.
–Chicas, debo dejaros, el club ya esta a tope de aforo y debo asistir unos asuntos de la fiesta. ¿Os importa si os dejo a solas? Solo que sepáis, por si queréis poneros cómodas, que la zona de taquillas y duchas está detrás de vosotras, tras esa cortina de terciopelo rojo. No sabéis lo mal que me sabe dejaros, mis bellezas.
–Taquillas? ¿Duchas?
–Si Gina. En la taquilla, que abriréis con la pulsera que os dieron en la entrada, encontrareis toalla, y unas chanclas junto a un pareo. Y las duchas, son para antes y después de tener sexo, si es que lo tenéis. Estar aquí no os obliga a mantener relaciones sexuales, si no os apetece por el motivo que sea, eso tenedlo bien claro, que os respeten, si no es así, avisadme o llamad a seguridad si tenéis problemas. Ahora os tengo que dejar, disfrutar de lo que queda de noche.
Me dio un beso tímido en los labios, y otro con lengua a María, y se fue escaleras abajo, guiñándole el ojo a María con provocación.
Le hicimos caso, y nos dirigimos a la zona de taquillas, pero María quería pasar por los servicios antes.
–Ve tirando Gina, yo necesito hacer pis. ¿Que número tienes de taquilla?
–El 29. ¿Tú?
–La 27. Nos vemos ahí en cuanto termine. –y me abandona, besándome con lengua, mientras un par de parejas se nos queda mirando con cara de provocación y ganas de participar en ese juego de lenguas que teníamos las dos.
La verdad es que sin María, me sentía como en un campo en medio del África, lleno de leones y hienas hambrientas, y yo siendo la presa. Así que avancé con agilidad hacia el numero de mi taquilla, cuando de repente, me encontré a alguien conocido, en plena faena, ahí en medio del pasillo mientras le estaban practicado una mamada de campeonato.
Él la estaba agarrando con su pelo entrelazado en sus manos, siendo dueño de cada embestida de su boca. Se la introducía tan adentro, que de vez en cuando se le escapaba una arcada de placer, y con ella, un mar de babas que hacia lubricar aún más la penetración de su boca. Era digna de admirar la gran habilidad de esa chica para engullir esa monumental polla perfectamente erecta y hacerle gozar de esa forma tan voraz.
Llegué justo en el preciso momento en el que él descargo todo su placer en la hábil boca de esa hermosa chica, sin apenas derramar una gota, y se lo tragó entero.
No sabia como reaccionar, pero lo hice tarde porque me reconoció al acto.
–Pero Gina!, ¿eres tú?, que hace una chica como tú en un sitio como este? –soltó mientras se desprendía de la boca de esa satisfecha chica.
Me quedé en shock. La ultima persona con la que quería encontrarme, ahí estaba, semidesnudo, con una perfecta erección engullida por una chica muy muy atractiva.
No me salían las palabras, se las comió los nervios. Solo pude soltar lo evidente.
–Buenas noches, Víctor y compañía.
–Mi compañía es Amanda, y no viene sola.
Escuché a alguien decir mientras se acercaba por detrás.
–Me estabais esperando chicos? –soltó el que supuse iba con ellos. –
–Si cariño, te estábamos esperando.
–Los tres? ¿Habéis hecho una amiguita en mi ausencia, y no me la presentáis?
–Álex, ella es una muy buena amiga, se llama Gina. Gina, él es Álex, el marido de Amanda. –nos presentó Víctor.
–Encantada pareja, menuda manera más peculiar de conocernos y además de reencontrarte, Víctor. No me esperaba para nada encontrarte en un lugar así.
–Peculiar? ¿por qué? –preguntó Álex.
–Por qué nos encontró mientras se la comía a Víctor, por eso lo de peculiar. –concretó Amanda.
Y no pudimos aguantarnos todos de reírnos a carcajada viva, por la situación.
–Has venido sola? –se interesó Víctor. –
–No, vine con María. Alberto nos invitó. Supongo que a ti también.
–No, yo vine con ellos. Soy su invitado. Entramos como trio. Hace tiempo que los conozco, no es la primera vez que nos vemos.
No supe como digerir esa información. Me venían sensaciones que antes no había experimentado. No me sentía celosa, pero si violenta por recordar el momento en el que Víctor y yo estuvimos juntos en la playa. Fue especial, y así se me grabó en mi mente. Y ahora el destino me lo ha vuelto ha poner en mi camino, cuando había decidido no volver a verle más, por mis malditos miedos. Y ahora le tenia frente a mi y encima, de trio de una pareja, – que por cierto son de infarto los dos–.
Suerte que apareció María para salvarme de la situación.
–Pero bueno, ¿qué me he perdido algo? ¿Que haces aquí Víctor? Menuda sorpresa. – dijo María dándole par de besos en la mejilla. –
–Otra que dice lo mismo. ¿Sabéis que yo podría estar cuestionándome lo mismo, chicas?
–Ya, pero mira que es casualidad encontrarnos en un lugar así.
–Propongo que paséis la noche con nosotros, ya que es vuestra primera vez en un club liberal, y seguro que agradeceréis la compañía de alguien experto, y qué mejor que nosotros tres. –nos propuso Amanda con una actitud un tanto provocativa y sin soltar ni un segundo el miembro erecto de Víctor, que acariciaba con hábiles movimientos con sus manos, queriendo mantener su deseo –
Me pareció buena idea, ya que no me apetecía sentirme presa ante tanta fiera hambrienta de chicas solas. Amanda y Álex me parecían, aparte de muy atractivos, interesantes de conocer. Desprendían experiencia en su actitud y labia.
–Esta bien. Dejad que nos pongamos cómodas y vamos con vosotros.
–Os parece bien si nos encontramos en la discoteca? Está bajando las escaleras a la derecha, atravesad el jardín y al fondo daréis con ella, ahí estaremos los tres esperando a dos bellezas. –nos explicó Amanda. –
Al llegar a nuestras taquillas, nos quitamos los vestidos de infarto que llevábamos, –que sinceramente, no se que era más cardíco, los vestidos o la lencería – y los dejamos en nuestras respectivas taquillas.
Cuando empezamos a bajar esas espectaculares escaleras de mármol, todo fueron miradas hacia nuestros atrevidos modelitos. Yo en cuero negro y encaje y tacones de vértigo y a mi estela, María con su body rojo de encaje y sus tacones también de vértigo. Sentir todas esas miradas en cada centímetro de nuestros cuerpos, me empoderaba, me daba esa seguridad en mi misma, para pisar con mas orgullo en cada paso. Creía en mi, en el poder que tenia de levantar pasiones al pasar.
…to be continued.
Genial
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